Quinientos metros o quinientos días parecen separar al Real Murcia de aquel 16 de mayo. Aquella tarde en el feudo del Torremolinos, el agónico soplo de la permanencia en la jornada 37 congeló el sufrimiento de todo un histórico. Hoy, apenas cinco meses después, la realidad del conjunto grana dibuja un escenario diametralmente opuesto. Instalados en la tercera posición tras un arranque de curso imponente, los murcianistas respiran ambición y se sitúan a tan solo un punto del liderato que marca el Villarreal B.
La metamorfosis del equipo no es casualidad. Una profunda renovación en demarcaciones capitales durante el mercado estival, unida a la impronta táctica que Sergi Guilló ha impreso desde el banquillo, han transformado las dudas del pasado en un bloque fiable, competitivo y con hambre voraz. Cada partido es ahora un ejercicio de convicción para un Murcia que huele la sangre en la tabla y que sabe que una victoria este fin de semana podría incluso auparles al primer puesto de la clasificación.
En la acera de enfrente, sin embargo, el guion ha tomado un tinte dramático. El Torremolinos no ha encontrado la fórmula para consolidar la permanencia del curso anterior y atraviesa un calvario clasificatorio. Colistas indiscutibles, sin conocer aún la victoria en estas primeras ocho jornadas y con la destitución de su técnico César Arzo caliente de esta misma semana, los malagueños afrontan el duelo en plena reconstrucción anímica e institucional.
Un escenario trampa que el Real Murcia pretende convertir en trampolín. La historia reciente demuestra que en este feudo no existen los encuentros plácidos, pero la inercia actual obliga a los granas a asumir el rol de favoritos. El balón dictará sentencia sobre el verde en un choque donde los locales buscan desesperadamente un punto de inflexión y los visitantes refrendar que su presente ya no mira al abismo, sino al cielo.



















































